
Te voy a contar algo que a mucha gente le va a parecer una tontería. Lo sé de antemano, porque llevo toda la vida escuchando la misma pregunta. Pero si eres una persona altamente sensible, creo que esta historia te va a sonar conocida.
De niña tenía un juego que nadie me enseñó. Me agachaba en el patio a mirar hormigas. Primero solo las seguía con los ojos: la fila, las que se salían del camino, las que cargaban un pedazo de hoja tres veces más grande que ellas. Después empecé a intervenir. Les armaba caminitos con palitos, les ponía una hoja atravesada y me quedaba esperando a ver qué decidían. Unas la rodeaban, otras se subían, algunas se devolvían como si se hubieran ofendido.
?????
[Aquí puedes agregar un detalle concreto: la casa, el patio, la edad, quién te llamaba para entrar.]
Los adultos pasaban y preguntaban qué hacía. ?Mirando las hormigas.? Al rato volvían a pasar y me preguntaban lo mismo. A la tercera vez la pregunta cambiaba de tono: ?¿Y eso para qué sirve??
Nunca supe qué contestar. No servía para nada, si lo medías como lo medían ellos. Pero yo salía de ahí distinta. Más tranquila, más llena, como si hubiera descansado.
Hoy, con 43 años, una hija y una vida armada desde cero en otro país, me sigue pasando lo mismo con otras cosas. El sonido de la cuchara contra la taza cuando revuelvo el café. Esa luz de las cinco de la tarde que pinta la pared de la cocina de un color que solo dura unos minutos. El olor de la ropa caliente cuando la saco de la secadora.
Sé que suena exagerado decir que eso me arregla el día. Pero me lo arregla.
Elaine Aron, la psicóloga que investigó y le puso nombre a la alta sensibilidad, describe varias características que compartimos las PAS. Dos de ellas explican bastante bien lo de las hormigas.
La primera es que procesamos la información a más profundidad. Lo que vemos, oímos o sentimos no se queda en la superficie: lo pensamos, lo conectamos con otras cosas, le damos vueltas (Lee aquí lo que dice la Doctora Marian Rojas Estapé). La segunda es que captamos sutilezas que a otras personas se les pasan: un cambio en la luz, un olor leve, el movimiento de un insecto en el piso.
Si juntas esas dos cosas, el resultado es que un detalle pequeño para nosotras no es pequeño. Lo vivimos entero, con todas sus capas, y por eso se queda.
Hay una tercera pieza que me ayudó mucho a entenderme: nos saturamos más rápido. Los lugares ruidosos, los planes grandes, los días llenos de gente nos agotan antes que a los demás. Lo pequeño, en cambio, tiene la medida justa. Lo puedo sentir sin que me desborde. Por eso, para mí, mirar hormigas funcionaba (y todavía funciona) como una meditación.
Muchos años después, buscando nombre para mi hija, vi una película porque me gustaba cómo se llamaba la protagonista. En una escena, ella mete la mano en un costal de frijoles solo por el gusto de sentirlos. En otra, rompe con la punta de la cuchara la capa de azúcar quemada de una crème brûlée, despacito, disfrutando el sonido.
Me quedé quieta frente a la pantalla. Esa era yo con las hormigas. Alguien había hecho una película entera sobre una mujer que vivía así, atenta a lo diminuto, y la mostraba con ternura en lugar de como algo raro.
La película era Amélie. De ahí salió el nombre de mi hija, y también, aunque en ese momento no lo sabía, una forma nueva de mirarme.
Vivimos rodeadas de mensajes que piden más: metas más grandes, días más productivos, logros que se puedan mostrar. No tengo nada contra eso, pero a mí ese ritmo me deja vacía.
Lo que de verdad me llena es otra cosa. Una tarde en la que no pasó nada visible y por dentro pasó muchísimo. Desde afuera parece un martes cualquiera. Para mí fue enorme.
Si de pequeña te quedabas horas mirando algo que a nadie más le importaba, quiero decirte que no estabas perdiendo el tiempo. Probablemente estabas haciendo lo que tu sistema nervioso necesitaba: bajar el ritmo, enfocarse en algo pequeño, descansar sin que nadie te diera permiso.
Y si de grande te dio vergüenza seguir haciéndolo, a lo mejor vale la pena recuperarlo. No tiene que ser con hormigas. Puede ser un olor, un sonido, una textura, cualquier cosa chiquita que te devuelva a ti.
Yo sigo agachándome a mirar el suelo de vez en cuando. Mi hija ya aprendió a hacerlo conmigo. Y ninguna de las dos pregunta para qué sirve.