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Hace unos meses fui a un encuentro pequeño de emprendedoras, de esos que se organizan en un café: diez o doce personas, cada quien contando en qué anda. Una de ellas va un poco más adelante en el mismo camino que yo apenas estoy construyendo. Contó que ya vivía de su negocio, que tenía un equipo pequeño y que el mes anterior había facturado más de lo que yo junté en varios meses.

Sonreí, le dije que qué bueno y aplaudí como todas. Por dentro sentí algo que no me gustó nada: culpa. Me hubiera encantado sentir pura admiración, pero lo que apareció fue esa sensación de que su avance era la prueba de que yo iba atrasada. Si te ha pasado al compararte con otras emprendedoras, sabes de qué hablo.


Mi reflejo de siempre: poner distancia

Mi primer impulso fue el de siempre, alejarme. No escribirle, no acercarme después del evento, evitar sentir esa comparación otra vez. Es un reflejo que conozco bien: cuando algo me incomoda, mi cuerpo quiere tomar distancia.


Lo que leí sobre las neuronas espejo

Esta vez no lo hice, y la razón fue medio inesperada. Unos días antes había estado leyendo sobre las neuronas espejo, unas células que, según varios estudios, se activan en el cerebro tanto cuando haces algo como cuando ves a otra persona hacerlo. Se relacionan con el contagio emocional: por qué bostezas si alguien bosteza cerca de ti, o por qué te tensas cuando estás con alguien ansioso. Nuestro sistema nervioso va captando el estado de quienes tenemos cerca, casi sin que nos demos cuenta.

Y ahí se me ocurrió algo que me cambió el enfoque. Si el estrés se contagia así, ¿por qué no el logro? Si estar cerca de alguien ansioso me pone ansiosa, estar cerca de alguien que ya logró lo que yo quiero podría pegarme algo de esa manera de pensar.


Hice lo contrario a mi reflejo

Le escribí esa semana y le pregunté si podíamos tomar un café. No esperaba que me resolviera nada. Solo quería estar cerca de cómo piensa alguien que ya cruzó la parte del camino donde yo sigo.

Te soy sincera: la culpa no desapareció esa primera vez que la vi. Uno no lee sobre neuronas espejo y la incomodidad se apaga como un interruptor. Lo que cambió fue lo que hice con ella. En vez de dejar que me alejara, empecé a usarla como una señal que me indica hacia dónde quiero ir.


Cómo manejo ahora la comparación

Ahora, cuando conozco a alguien que ya tiene lo que yo quiero, trato de notar la culpa sin obedecerla. La dejo ahí un momento, y en lugar de preguntarme "¿por qué ella y yo no?", me pregunto "¿qué puedo aprender de estar cerca de ella?". Es un cambio chiquito en la pregunta, pero cambia por completo lo que hago después.


Si a ti también te pasa que la gente que ya logró algo te aleja en vez de inspirarte, prueba esto la próxima vez: quédate. Aguanta un rato más cerca de esa incomodidad y fíjate qué se te pega de esa persona.